Nicolás Repetto (1871-1965) fue una de las figuras más gravitantes del Partido Socialista en Argentina. Era médico de profesión y a propósito de su actividad partidaria hizo una confesión que, coherentemente, se asemeja a un diagnóstico certero de la vida pública argentina. Su afirmación, inclusive, es el subtítulo de la biografía “El mundo de Nicolás Repeto”, escrita por Luis Pan: “Para hacer política he debido echar mi honra a los perros”.

La vigencia imperecedera de esa revelación (a estas alturas, casi una oscura maldición) fue confirmada una vez esta semana. El neurólogo Facundo Manes confirmó que será candidato por la Unión Cívica Radical en la provincia de Buenas Aires, luego de una serie de apariciones públicas que ya lo colocaban en esa senda, como haber participado de los festejos por el triunfo de Gerardo Morales en los comicios parlamentarios de Jujuy. Apenas asomó como postulante, se reflotó una denuncia en su contra por la supuesto declaración equivocada de insanía a una mujer de edad muy avanzada, que derivó en una presunta internación forzada, en el marco de una disputa familiar por una herencia. El ex senador radical por Mendoza Ernesto Sanz salió en defensa del postulante, desmintió las versiones y afirmó que una decena de peritos, en un juicio civil, respaldaron el certificado expedido por el profesional. “Estas cosas no se hacen contra quienes son capaces de ‘mover la aguja’”, reclamó.

Pero para entonces en las redes sociales se encarnizaban recordando que en 2002, una agrupación política denominada “1810” le había enviado una carta a George Bush, con la firma de Manes, para pedirle que no ayudara a la Argentina y que hiciera cumplir el ajuste del FMI. Elisa Carrió, en tanto, lo destrataba de “mesiánico” y lo acusaba de querer llegar a la Casa Rosada “en helicóptero” en 2023.

En una sola semana, el médico había pasado de autor de best-seller sobre neurociencia a fascineroso encarcelador de ancianas, a impiadoso referente del neoliberalismo y a inescrupuloso “arribista”.

La bienvenida (más que “calurosa”, infernal) a la política que recibió Manes actualiza un fenómeno que lo trasciende. Y que puede definirse como la privatización de la política. Porque aunque se desarrolla en el ámbito público, la política en la Argentina no parece ser de libre acceso. Pareciera ser un ámbito en el cual, para ingresar a “competir” por los cargos públicos, hay que “comprar” un pliego de bases y condiciones cuyo “precio” consiste en dejar todo el prestigio que se tenga en la puerta de entrada. Es un costo demasiado elevado para muchos ciudadanos que, por lo tanto, prefieren no incursionar en la vida pública. Entonces, la participación es cosa de unos cuantos. El que esté dispuesto a enlodarse, puede pasar. El que no, queda afuera.

Las consecuencias no son menores. Si la república es periodicidad de mandatos, la democracia es también renovación de los cuadros políticos.

Pero la afectación no sólo es institucional, sino también pragmática: no se pueden esperar nuevas recetas para enfrentar nuevos desafíos si no hay nuevas figuras. A esto, por cierto, supieron decirlo, a voz en cuello, los argentinos que caceroleaban durante la devastadora crisis económica, financiera, social y política con que debutó el siglo XXI en este país, durante el fracasado gobierno de la Alianza: “que se vayan todos”. O sea, que vengan otros.

La falta de renovación conduce al siguiente escalón de la privatización de la política: su cartelización.

Que la dirigencia universalice la idea de que no hay “buenos” en política incuba riesgos severos. Porque para que haya democracia debe haber políticos. Sin políticos hay otros regímenes, pero no este. Lo que es igual a decir que para que haya gobierno del pueblo, el tiene que “querer” políticos. Cuando eso no pasa, lo que pasa es funesto: terminan tirándole la democracia a los perros.

1- ¿LLAMADO DIVINO O A COBRAR?

Santiago Garmendia

Doctor en Filosofía

Como señala Max Weber, la idea de una ocupación en la vida, que se advierte en la voz española “profesión” y “vocación”, y en las traducciones alemanas “Beruf”, e inglesa “Calling”, contiene un elemento novedoso aportado por las traducciones protestantes de las escrituras: la de un deber y un llamado divino. Weber destaca en su Ética Protestante y el Espíritu del Capitalismo: Lo absolutamente nuevo era considerar que el más noble contenido de la propia conducta moral consistía justamente en sentir como un deber el cumplimiento de la tarea profesional en el mundo.

¿Qué pasa con la política como profesión? ¿Hay vocación, llamado divino o a cobrar? Preciso es distinguir -aunque no debiera de ser posible en este caso límite- lo que señalaba Weber respecto a la preposición entre política y vida: vivir para o vivir de la política. Cuestión más dura todavía en un mundo mercantilizado. El que haya militado en las filas de algún ideal sabe lo que es ser absorbido por la política. También conoce en profundidad sus decepciones y contradicciones. Por eso no es extraño que cuando un neurólogo tan prestigioso entra a la carrera de gobernante, nos preguntemos qué tendrá en la cabeza.

2- COMO EL JUEGO DE LA OCA

¿El precio a pagar por ingresar al mundo de la política, ineludiblemente, es enlodarse?. “En general, es así”, concede Martha Reale ante la consulta de LA GACETA. “Cuando una persona de prestigio profesional salta al barro de la política surge un proceso de descapitalización. Como en el juego de la oca, se retroceden algunos casilleros porque se le aplican los sentimientos de desconfianza que giran en torno de la dirigencia política”, puntualiza la consultora política.

“Así que se comienza con un proceso de retroceso cuando se ‘salta el charco’, pero después depende de cada político. Es decir, de cómo se desempeñen resultara que puedan posicionarse como dirigentes confiables, o no. Hay políticos con buena imagen y con alta credibilidad. Y, por supuesto, hay otros que carecen de la una y de la otra”, contrasta.

“Hemos visto figuras del sector privado que saltaron a la política y les fue bien. Mauricio Macri es todo un caso: empezó como empresario, pasó por Boca Juniors, saltó a la política, fue jefe de Gobierno porteño y después llegó a la Presidencia de la Nación. Es un verdadero camino hacia el puesto máximo -describe-. Así también tenés ejemplos como el de Lorenzo Borocotó, quien incursionó en política, fue un fiasco y decepcionó a la gente: algunos temirnan siendo peor que los políticos tradicionales”. Borocotó, médico cirujano, fue electo diputado nacional por el PRO en 2005, pero antes de asumir se alió al kirchnerismo. “Fracasan porque su accionar es contrario a la convicción de la base electoral que los llevó a la banca”, define.

“La inteligencia emocional es medular para determinar si un emergente o un ‘outsider’ de la política puede tener éxito en ese nuevo mundo. Porque el de la escena pública es totalmente diferente al mundo privado. Y más allá de conocimientos técnicos y académicos, sin inteligencia emocional, difícilmente pueda prosperar. Quienes no la tienen terminan naufragando en el intento. El caso paradigmático es Donald Trump”, sintetiza.

3- UN CLUB RESTRINGIDO

Gonzálo Sarasqueta

Profesor e investigador de la UCA

La “política” se ha convertido en un sistema cerrado. Cuesta tanto salir como entrar. Al revés de lo que indicaría el sentido común (y la teoría), es una actividad sumamente restringida. Un club donde pocos pueden ingresar limpios y, al mismo tiempo, pocos pueden retirarse airosos. El ticket de entrada es deshacerse de todos los diferenciales obtenidos en otro campo profesional/social que puedan llegar a alterar la dinámica. El molinete de salida es bastante más complejo: te llevas hasta el final de tus días el manto de la sospecha.    

Facundo Manes, claramente, es un ejemplo nítido. Básicamente, el sistema le está avisando: “Acá, son estas las reglas”. Este tipo de denuncias -tan difusas como casuales, por el momento en que aparecen- funciona como anticuerpos. Es una forma de atentar contra lo más valioso que tiene una figura como él: la credibilidad, la reputación, la trayectoria. Todos intangibles que varios de los que están en cargos institucionales carecen. Entonces, estas operaciones comunicacionales también intentan nivelar la cancha. Anular el efecto “outsider”. Despojarlo de sus virtudes “extraordinarias”: científicas, académicas, editoriales, etc. Y decirle a la gente: “¿Ven? Es uno más de nosotros. Nada nuevo”. En otras palabras: la vara siga a la misma altura.  

Ahora esto es un síntoma de un problema más grave aún. Una anomalía estructural. Lo que estamos viendo en las últimas dos décadas en Latinoamérica es que un cambio de paradigma en la disputa por el poder. Las luchas ya no se dan dentro del sistema de partidos, sino que es más amplia. En la esgrima entran jueces, periodistas, empresarios y, en los casos más graves, narcotraficantes. Este es el Zeitgeist, el perfume de época. Son packs de poder los que se enfrentan, donde el líder o los partidos políticos son solo una pata. Ahí es cuando se pierden los bordes. Carpetazos, escraches, amenazas, aprietes judiciales: vale todo. Los adversarios pasan a ser enemigos. Y el enfrentamiento ya no es parcial, es total.

4- MÁS ALLÁ DE "LA GRIETA"

La política se ha vuelto más impiadosa durante las últimas tres décadas, asevera el consultor político Carlos Fara. El consultor político sostiene en la entrevista con LA GACETA que si bien los embates contra el prestigio de quienes deciden incursionar en política es una tendencia global, y sobre todo latinoamericana, no afecta a la democracia. Aunque sí afecta la calidad del debate público.

- ¿El precio participar en política en Argentina es, irremediablemente, el descrédito público?

- No necesariamente participar en política equivale al descrédito público. Lo que ocurre es que resulta lógico que una persona conocida, y con buena imagen en la opinión pública como Facundo Manes, va a ser blanco, naturalmente (de cuestionamientos). Para marcarlo casi como si fuese un rito de iniciación, de bienvenida a la política. La gente que construye su prestigio en otro lado no está acostumbrada a este tipo de cuestiones. Pero tampoco que es la regla.

- La descalificacíon constante e incluso personal, ¿es un resultado de "la grieta" o es una dinámica de la política independiente de este fenómeno, más propio de la Argentina de los "anti"?

- La descalificación está más allá de “la grieta”. Es histórica. En política toda la vida hubo estilos más agresivos, más confrontativos. Pero lo cierto es que esto se encuentra más allá de la Argentina. La política contemporánea se ha agrietado a nivel mundial. Claramente. Se ha vuelto hacia la lógica de la promoción del voto en función de los miedos, o del sufragio al menos malo. Es una política menos ideologizada y más personalizada.

- En tu experiencia, ¿esto termina desalentado la participación en política de nuevas figuras? Consecuentemente, ¿afecta a la democracia?

- No creo que esto termine desalentando a participar en política. Me parece que el que se mete en política sabe de qué se trata. Después, si puede lidiar con eso, o no, es otro tema. ¿Afecta a la democracia? Obviamente, no le hace bien. Porque se necesita un debate de altura y de ideas. Pero no necesariamente afecta a la democracia. En todo caso, degrada el debate público. Pero no debe llamarnos la atención: Estados Unidos, de la mano de Donald Trump, ha estado en el medio de esta historia.

- ¿En líneas generales, en el resto de los países es también así?

- Lo que ocurre en la Argentina es un fenómeno mundial. Y, seguro, latinoamericano. Con matices. Hay casos atípicos, como Uruguay. Pero Chile se ha vuelto más agrietado. La política en la región es así. En países con democracias e instituciones más consolidadas, con partidos políticos más articulados y con más profesionalismo en la política, seguramente, eso puede bajar un poco. Pero en general la política contemporánea es más cruel que hace 30 años atrás. Por lo menos en mi experiencia personal.